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16 jun 2017 - 12:00 h
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<p>Patitos feos o cisnes</p>

Hay profesiones que miden la temperatura de la sociedad, que muestran la calidad de sus servicios, de sus instituciones. Podrían ponerse ejemplos para cada sector, aunque en el ámbito sanitario será difícil encontrar un termostato social más importante que la farmacia comunitaria.

La farmacia comunitaria es el patito feo del sistema sanitario. Lo ha sido desde hace muchos años, desde que los políticos descubrieron que su modelo de remuneración y de negocio, tan dependiente del estado, la hacía tan vulnerable. Por ello, políticos, y empresas interesadas en canibalizar el sector, la han utilizado como muñeco de pim, pam, pum, bien para maquillar las cuentas de resultados de una gestión poco eficaz, en el caso de las administraciones públicas, bien para tratar de acaparar la parte más rentable de su negocio en el de las empresas. No ha habido gobierno que no se haya cebado con la farmacia comunitaria, una batalla inútil porque, aunque ha conseguido deteriorar la viabilidad de muchas, no ha resuelto nada, porque las ineficiencias del sistema no se deben a los ingresos económicos de cualquier profesional, sino al desaprovechamiento de las capacidades de estos. Y no hablo sólo de farmacéuticos, sino también de médicos y enfermeras, obligados a priorizar las medidas pensadas en un despacho, en detrimento de las necesidades reales de las personas.

Sin embargo, volviendo a nuestro sector, aún con dificultades, la farmacia comunitaria, ha resistido los embates de sectores que han considerado a su continente nada más que un espacio comercial, y al contenido una mera secuencia de productos de manufacturación industrial.

¿Y por qué ha resistido? Sin duda porque quienes la han atacado no han considerado a las personas que están al frente de “esos establecimientos”: los farmacéuticos comunitarios. Al igual que un quirófano no es más que una habitación sin el cirujano, la farmacia comunitaria es lo que es gracias al profesional que la dirige. A pesar de su nocivo modelo de remuneración, a pesar de las presiones de las empresas que, con la excusa de crear espacios de salud tratan de atiborrarles de productos de dudosas propiedades sanitarias.

No, la farmacia no es un espacio de salud. La farmacia es el farmacéutico; la farmacéutica, por ser más preciso y justo con la inmensa mayoría de ejercientes. Y no, la farmacia no es un mero distribuidor de productos, ni un establecimiento ajeno al sistema sanitario. La farmacia es su puerta de entrada y de salida, y menospreciar su capacidad de aportar soluciones a la atención sanitaria, dotándola de un sistema retributivo que la asimila a un suministrador de productos, es relegar al modelo de salud a un mero dibujo teórico.

Y ha resistido por su formación, por su capacidad para resolver problemas a las personas de su entorno, por servir de filtro para tratar problemas y evitar consultas innecesarias, o para derivar a otros profesionales. Y lo ha hecho también por su excepcional distribución a lo largo de los barrios. No existe profesión que sea más pueblo que la farmacéutica, la única de carácter universitario que existe en las zonas más precarias y marginales de nuestros pueblos y ciudades. Porque ya me dirán cuántos estudios de arquitectura, cuántos centros comerciales a mayor gloria de don Amancio Ortega, cuántas clínicas dentales, de depilación láser o de implantes de silicona se pueden encontrar en barrios humildes. Sin embargo, cada doscientos cincuenta metros, podremos encontrar un profesional a quien confiar nuestros problemas, temores y una respuesta a nuestros interrogantes.

¿Qué sería de nuestra sociedad si se eliminase esta parte esencial del ecosistema sanitario que es la farmacia comunitaria? Es una pregunta que, formulada así o de otra manera, siempre nos hemos hecho desde dentro de la profesión. Quizás vaya siendo el momento de devolvérsela a quienes dirigen las administraciones, y que nos respondieran a si en algún momento han imaginado lo que podríamos aportar si otro modelo de remuneración y responsabilidades rigiese la actuación profesional farmacéutica. Si de verdad defienden tanto el derecho a la salud de sus gobernados, quizás sea el momento de pasar de cansinas y vacías palabras a los hechos. Y que digan si lo que quieren tener son patitos feos o cisnes. ¿O no?

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