Las bodas de plata de la Salud Pública

Alianza Europea para la Salud Pública (ePHA)
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Madrid
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28 sep 2018 - 12:00 h
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LA FICHA: “La EPHA celebra en 2018 su 25 aniversario” “La Alianza celebra sus logros en tabaco o alcohol con la vista puesta en los retos futuros: equidad, resistencias y enfermedades infecciosas”

Los cambios políticos suelen ser lentos, máxime cuando se llevan a cabo a nivel europeo. Pero 25 años son tiempo más que suficiente para reconocer cambios cruciales, saltos cualitativos y cuantitativos, en la esfera de la salud pública del continente europeo. Durante los años 80, la Comunidad Europea (como se la llamaba entonces) decidió afrontar de manera paulatina un papel más activo en materia legislativa, especialmente en el campo medioambiental. Fueron pasos decisivos para organizar los preparativos necesarios que permitieran abordar el mercado interno a través del Acta Única Europea, firmada en 1986, y que impactaría en áreas relevantes para la salud, como los medicamentos.

Como una ficha de dominó que determina el futuro de otras, estos movimientos se convirtieron en los cimientos que permitieron construir una arquitectura totalmente nueva en la esfera sanitaria europea, un microcosmos sobre el cual orbitaron, como en el nacimiento de una nueva galaxia, nuevos actores/planeta. Esta historia comienza en septiembre de 1991, con una visión compartida (alumbrar con un foco las cuestiones sanitarias a nivel europeo) y una alianza entre un pequeño grupo de organizaciones — la Oficina Europea para la Acción en Prevención del Tabaquismo (BASP); Alzheimer Europa; la Plataforma de Consumidores de Países Bajos y la Alianza para la Salud Pública de Reino Unido— que tuvieron la idea de establecer una ONG con sede en Bruselas.

Para cuando la Alianza Europea por la Salud Pública (EPHA, por sus siglas en inglés) dio sus primeros pasos, en el año 1993, el artículo 129 del Tratado de Maastricht había otorgado ya a la Comisión Europea un limitado pero relevante papel legal a la hora de coordinar en el terreno de la salud pública europea con un foco importante en la prevención, en la protección y la promoción de la salud. Con el tiempo, este mandato se expandió y consolidó la formación de nuevas estructuras, incluidas la creación, en 1999, de la Dirección General de Salud y Consumidores (DG Sanco) o de la Agencia Europea del Medicamento (entre otros organismos especializados).

Como en todo, los inicios fueron complicados y las buenas intenciones se chocaron con un muro formado por la unión de agendas con intereses diversos. El director general fundacional de la EPHA, Michael Joffe, lo recuerda muy bien en un artículo publicado en la web de la Alianza con motivo de su 25 aniversario. Fueron necesarias grandes dosis de debate y de conocimiento mutuo para conseguir que las piezas encajaran y se movieran al unísono y en la dirección adecuada. Hoy, cuando la EPHA es la voz de más de 80 miembros de 30 países, esos inicios tan duros son tan sólo una mera anécdota. La diversidad siempre ha sido más una fuente de riqueza que un impedimento para avanzar.

De nada sirve ser un actor sin nadie que te reconozca, y la EPHA supo hacerse un hueco labrado a base de buen trabajo y de un objetivo radicalmente novedoso en su momento. Por aquel entonces, la idea de que la política gubernamental o europea pudiera influir en el bienestar de los ciudadanos a través de la prevención o de la actuación sobre los determinantes de la salud era totalmente nueva. El nacimiento de la EPHA implicó, por tanto, el nacimiento de un nuevo concepto de Salud Pública, más amplio, que dejó de ser un asunto a tratar exclusivamente en el seno de las organizaciones o de los servicios sanitarios para dar a la sociedad civil un rol nunca visto antes.

Gracias a la EPHA (entre otras organizaciones) hoy podemos celebrar una mejor regulación en materia de tabaco; acciones más determinantes en materia de alcohol y el reconocimiento de que es hora de mejorar las políticas en materia de alimentación.

La EPHA, hoy

Si interesante es la mirada que aporta el primer director general de la EPHA, no menos curioso es el deja vu que reconoce sentir su presidente emérito, Archie Turnbull, al echar la vista atrás y reconocer que muchas de las preguntas que la EPHA afrontó en sus inicios siguen pendientes a día de hoy: ¿Hasta dónde pueden llegar las políticas sanitarias públicas en su afán por mejorar la salud de las personas? ¿Cuáles son las mejores palancas para controlar los determinantes de la salud, en un contexto de cada vez mayor incidencia de enfermedades crónicas? ¿Cómo hacer frente a las crecientes inequidades sanitarias?

Esta última pregunta ha sido sin duda uno de los caballos de batalla de las organizaciones de la Salud Pública en los últimos años, en los que la crisis económica hizo mella en materia de equidad. Así, se ha puesto el acento en el artículo 168 del Tratado de Lisboa, que mantiene las competencias de gestión sanitaria en manos de los estados miembro, dejando a la Comisión una labor de coordinación. Esta realidad ha abierto un nuevo reto en los últimos tiempos: los avances terapéuticos han venido acompañados de un incremento en el coste de los medicamentos que han puesto en la agenda la sostenibilidad de los sistemas sanitarios. Junto a ello, el resurgimiento de enfermedades infecciosas, las resistencias antimicrobianas o el impacto de las políticas de comercio internacional en la Salud Pública seguirán poniendo a prueba la capacidad de la EPHA de influir en las políticas públicas de los próximos años.

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