“Desde los 4 años estoy en la Farmacia”

CONCEPCIÓN DE MATA ESPESO, farmacéutica nonagenaria propietaria de la Farmacia más antigua de León
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León
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22 sep 2017 - 13:00 h
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LA FICHA: “La botica de hoy es un puro establecimiento comercial” “La farmacia subió un peldaño enorme con los antibióticos”

Con 90 años recién cumplidos el pasado 10 de septiembre, Concepción de Mata Espeso, más conocida como Conchita, es el ejemplo de toda una vida entregada a una profesión. Jubilada desde los 75 años, se resiste a dejar de formar parte de su botica, que por otro lado es la más antigua de León, al ser fundada en 1807.

Por sus venas corre el espíritu de la Farmacia. Hace ya 65 años que Conchita, natural de La Bañeza (León), salió de la Universidad como farmacéutica. 65 años llenos de historia viva de la botica, llenos de anécdotas, de recuerdos y de atención a los pacientes. Casi siete décadas que no son nada comparados con los más de 200 años que tiene la farmacia que hoy regenta junto a dos de sus hijas en la calle Ordoño II, en la capital leonesa.

Para remontarnos a sus inicios, Conchita, con su buena memoria, nos hace viajar hasta Villalpando, provincia de Zamora. Tenía cuatro años cuando a su padre le destinaron allí como notario y, junto a su familia, se estableció en una vivienda encima de una botica.

“Siempre me llamó mucho la atención la farmacia, no sé si era una niña simpática o les hacía gracia a los dueños pero cada vez que salía de casa tenía que pasar a saludar. Hice vida muy familiar con el farmacéutico y sus dos hermanas que también trabajaban allí”.

Conchita recordaba con cierta nostalgia que “antes existían en las farmacias esas pastillas de goma y cuando bajaba a la calle con la cuidadora, me llamaban de la farmacia y me daban las pastillas”, - y añadía, - “incluso, a veces, desde el patio interior preguntaban a mi madre para saber si estaba arreglada y podía bajar. Supongo que les agradaba y les distraía”.

Más tarde esta joven leonesa, se desplazó con su familia a Valencia de Don Juan, un municipio leonés en el que también coqueteó con el mundo de la botica.

“Allí también me relacionaba con otra farmacia próxima a mi casa. El mancebo nos regalaba a mi hermano y a mí unos cuentos que mandaba la casa Bayer a las farmacias. Con esos cuentos nos entreteníamos porque se podían pintar”.

Y así fue como Conchita creció en la Farmacia como si de su parque infantil se tratara. Entre fórmulas magistrales, plantas medicinales y consejos farmacéuticos, Conchita fue creciendo hasta convertirse en una adolescente, y al acabar el bachiller, su padre le preguntó qué carrera quería estudiar. Una respuesta que tenía fácil respuesta. Farmacia.

No obstante, Conchita se llegó a plantear estudiar Arquitectura porque “tenía mucha facilidad para el dibujo lineal y los dibujos de perspectiva los calculaba muy bien”, sin embargo, su destino estaba claro que tendría que ir por otro camino.

Fue entonces cuando a principios de los años 40, Conchita se trasladó a Madrid para estudiar Farmacia y allí pasó los seis años de etapa universitaria en una residencia ubicada en la calle Fortuny.

“Eramos muchas chicas de Farmacia y Literatura. Nos exigían para continuar en la residencia, buenas notas y buen comportamiento. Teníamos que sacar el curso entre junio y septiembre limpio. La carrera era muy fuerte en aquella época y algunas veces tenías septiembres, pero ibas año por año”, relataba.

Con 25 años, Conchita se colocó la bata de farmacéutica, una prenda que, a pesar de estar jubilada, se niega a colgar. Primero abrió una farmacia en la calle San Agustín, en León, hasta que adquirió la centenaria ubicada en Ordoño II.

“Sigo viniendo a la farmacia porque vivo encima. Para mí es muy cómodo bajar todos los días. Bajo por las tardes hasta las 10 de la noche y me encargo de las cosas de tipo comercial como la comprobación de albaranes, aunque para eso ya hay una persona”, detallaba.

Sus hijas Carmen y Ana son las que atienden a diario mientras que Aurora y Conchita, también hijas suyas, se encargan de la parte cosmética en la conocida ‘botica Mata’, célebre por su antigüedad y por ser prácticamente un museo. Fue la primera en tener aparatos como el microscopio eléctrico, una autoclave y una destiladora eléctrica, aparatos que hoy conserva.

Una farmacia donde se come bien

En la farmacia de Conchita siempre ha habido un trato cercano, cordial y amable entre el personal. Aquí no sólo se dispensan consejos y medicamentos. En más de una ocasión, la enorme mesa donde antes se preparaban las fórmulas en la rebotica, se ha convertido en un improvisado restaurante para antiguos trabajadores. Se han llegado a degustar hasta lentejas con tocino y jamón que Conchita preparó una vez a un antiguo mancebo que acudía frecuentemente a la botica para charlar.

Al recordar viejos tiempos, Conchita afirmaba que “viví una farmacia muy distinta a la que se vive ahora. Lo único que existía como cosa preparada eran los antibióticos, el resto de los preparados había que hacerlos en el laboratorio. Pomadas, jarabes, soluciones..., todo había que hacerlo en la farmacia”.

Esta veterana profesional señalaba que en nuestros días, la farmacia se ha convertido en un establecimiento comercial.

Al echar la mirada atrás, rememoraba que vivió el boom de la penicilina y estreptomicina en las farmacias. “Se vendía el gramo de penicilina a 60 pesetas, ¡eso era carísimo!”, exclamaba a la vez que reconocía que en esa época “la farmacia subió un peldaño de dimensiones desconocidas”.

A sus 90 años es una ‘sabia’ de la Farmacia y ante esta distinguida posición Conchita hace su recomendación a los jóvenes profesionales: “ser amables, aconsejar y escuchar a los pacientes ante cualquier duda que les surja”.

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